Hay personas que te enseñan a coser sin darte cuenta.
Mi madre es una de ellas.
Desde pequeña la he visto coser.
La recuerdo arreglando ropa, haciendo bajos, cambiando cremalleras, colocando botones...
pero también creando. Porque aunque muchas veces cosía por necesidad, en sus manos siempre había algo más que aguja e hilo.
Había paciencia , cuidado y una forma muy silenciosa de querer.
Y con los años me he dado cuenta de algo.
Creo sinceramente que, si mi madre hubiera vivido esta época de talleres creativos, telas bonitas, redes sociales llenas de inspiración y mujeres cosiendo por placer, habría disfrutado muchísimo de la costura.
Muchísimo.
Porque ella tenía ese alma.
Solo que en su generación muchas veces se cosía porque tocaba.
Porque era práctico. Porque había que sacar adelante una casa. No existia ese concepto de sentarse a coser para desconectar, crear algo bonito o incluso emprender desde casa con ilusión.
Nosotras sí hemos llegado a vivir esa parte.
Y quizá por eso valoro tanto poder dedicarme hoy a algo que para tantas mujeres fue simplemente una obligación.
Este año, para el Día de la Madre, he querido regalarle algo hecho por mí. Algo sencillo, delicado y muy ella.

Un pequeño sobre acolchadito en tonos verdes, con unas puntadas bordadas a mano y un cierre simple de cuerda y botón. Dentro, una tarjeta con una ilustracion preciosa de una niña rodeada de libros (le encanta leer) y un pequeño animalito acompañándola por la calle.

En la parte de detás le escribí una dedicatoria.

Porque a veces las palabras importantes merecen guardarse bonito.
Mientras cosía cada puntada pensaba en ella. En todas esas veces que la ví frente a su máquina de coser (una Alfa, que aún conserva) sin imaginar que, años después, su hija convertiría los hilos, las telas y las agujas en su forma de vida.
Y es curioso.
Porque muchas veces creemos que heredamos cosas grandes..
Pero en realidad lo importante suele llegar en pequeños gestos cotidianos.
La manera de cuidar.
La paciencia.
La sensibilidad por las cosas hechas despacio.
El cariño puesto en algo sencillo.
Todo eso también se hereda.
A veces en silencio.
A veces entre hilos.
Con los años estoy aprendiendo que los regalos más especiales no siempre son los más caros ni los más espectaculares. Muchas veces el verdadero lujo está en dedicar tiempo a crear algo pensando en alguien.
Elegir una tela.
Bordar una esquina.
Escríbir unas palabras.
Prepararlo todo con calma.
Ahí también hay amor.
Y quizá eso sea precisamente lo que mi madre me enseñó sin darse cuenta.
No solo a coser.
Sino a cuidar.
Feliz Día de la Madre a todas las mujeres que, de una forma u otra, han dejado un hilo bonito dentro de nosotras.✨
Un besito,
Eva.