Hay días en los que la cabeza parece una mesa llena de retales.
Ideas sueltas, proyectos a medio pensar, tareas del taller, mensajes pendientes, la compra, la lavadora... y ese run-run constante que acompaña a quienes tenemos un pequeño proyecto entre manos.

A mí me pasa muchas veces.
Entonces hago algo muy sencillo: me siento a coser.
No siempre es para crear algo que vaya a vender.
A veces es solo para ordenar la cabeza.
Y curiosamnte funciona.
Coser tiene algo especial.
Cuando emppiezas a preparar las telas, enhebrar la aguja o pasar una costura recta a máquina, ocurre algo curioso: la mente empieza a bajar el ritmo.
No puedes coser con prisa. La máquina te obliga a ir a un ritmo constante, las manos se ocupan y la cabeza se va despejando poco a poco.
Muchas veces, mientras coso en el taller, siento que las ideas empiezan a colocarse solas.
Como si cada puntada ayudara a poner orden tambien dentro de mí.
No hace falta un gran proyecto.
A veces basta con algo sencillo:
-un neceser
-una bolsita
-una funda para guardar algo que usas a diario.
-o simplemente probar una tela nueva.

Lo importante no es el resultado perfecto.
Lo importante es el momento de crear.
Ese rato en el que el tiempo se detiene un poco y te concentras en algo que está naciendo entre tus manos.
En mi taller lo veo continuamente.
Hay personas que llegan cansadas del trabajo o con la cabeza llena de preocupaciones.
Pero después de un rato cosiendo...
la conversacción cambia, las caras se relajan y empiezan a aparecer sonrisas.
No es magia.
Es simplemente hacer algo con las manos.

Vivimos en un mundo que nos empuja a hacerlo todo rápido.
Pero la cosura nos recuerda algo muy importante:
las cosas bonitas se hacen despacio.
Con calma.
Con paciencia.
Con cariño.
Y quizá por eso los objetos hechos a mano tienen algo especial.
No solo son útiles o bonitos.
Tambien llevan dentro un pequeño pedacito de
calma.
Por eso sigo cosiendo cada día.

Porque además de crear bolsos, complementos o muñecos de tela...
la costura me ayuda a hacer algo muy valioso:
ordenar la mente y disfrutar del proceso.
Y eso, hoy en día, es casi un lujo.
Un pequeño lujo cotidiano.
Un besito,
Eva.
PD: te espero la semana que viene.